helena resano

Periodista


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Rugby

Escribo esto mientras en la tele suena la retransmisión de la semifinal de Europa de rugby, algo así como la Champion pero con balón ovalado. Para bien o para mal el rugby está en mi vida. A mi marido le conocí al final de su etapa deportiva, 12 años jugando, y mi hijo, inevitablemente, empieza a descubrir este deporte. Y parece que le gusta, aunque el fútbol sigue tirando. 

Decía Rubén Figueres en su libro que gracias al deporte había conseguido muchas cosas en su vida, una oportunidad de conocer a gente y de vivir nuevas experiencias. Sí. Es así. Lo he vivido este fin de semana.

Habré pasado 100 veces por esa carretera, o más. Pero nunca tuve necesidad ni se me ocurrió parar en Milagros. Está en la salida 146 de la carretera de Burgos. Un pueblo de 500 habitantes. Un pueblo de tantos que lucha por no desaparecer. Por seguir ofreciendo oportunidades a la gente joven que elige quedarse. Un pueblo que intenta no envejecer. 

Si al rugby ya le cuesta abrirse camino entre tanto fútbol, imagínense en pueblos pequeños. Milagros, Burgos de Osma, Aranda de Duero. Me contaba su alcalde que ahora mismo tiene a 12 chavales jugando y que mientras quede uno que le pida el balón ovalado, seguirá peleando por organizar torneos.

El rugby es el único deporte en el que tras el partido, vencedores y vencidos, ganadores y perdedores, se sientan a tomarse algo juntos. A compartir sus experiencias, a charlar, a conocerse. Es el famoso tercer tiempo. Conforme van creciendo cambian el colacao caliente por las cervezas, por muchas cervezas, pero el objetivo es el mismo: compartir, conocerse. ¿Se imaginan esto mismo en cualquier otro deporte? Impensable. 

El tercer tiempo de ayer fue la oportunidad para reconciliarme con la política. La de verdad. La que se hace al margen de las siglas y la ideología. La que hacen alcaldes de pueblos pequeños que no cobran un sueldo. Que están ahí por pura vocación. Que conocen de primera mano qué ocurre en su pueblo, qué necesitan, cómo pueden revitalizar sus apagadas calles. Que se pelean cada euro de subvención, que llevan las cuentas como las de su propia casa, porque es su casa la que está en juego.

Que sufren porque temen que las decisiones y programas electorales de algunos de los grandes partidos de Madrid hablan de recortar más aún en las instituciones, que quieren fusionar pequeños ayuntamientos para ahorrar gastos. Y se echan a temblar. Han perdido mucho en los últimos años. Ambulatorios, líneas de autobús regulares que les conecte con la capital, servicios, centros de secundaria con los que seguir anclando a sus hijos a la vida del pueblo. Han perdido mucho y saben que sin un ayuntamiento caerán en el olvido. 

¿Saben? Ayer me fui de Milagros sin saber de qué partido político era el alcalde. Daba igual. Él no lo dijo y yo no lo pregunté. No hacía falta. Él me hablaba de personas, de compromiso. Él me recordó qué era hacer política. 


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Isis y sus vídeos

Llevo días mirando el vídeo. Embobada. Descubriendo en cada ocasión un recurso nuevo: planos ralentizados, uso de travelling, grúa (juraría que es una pluma) y planos aéreos. El video es puro arte audiovisual, y si no narrara lo que narra, la ejecución a sangre fría de 21 hombres, diría que hasta estéticamente es bello. Y me horroriza escribir esto.

El vídeo de la ejecución de 21 egipcios en una playa de Libia ha sido grabado con varias cámaras. No es un plano secuencia que capta el momento. Llevo muchos años en televisión como para saber que esa secuencia no se ha podido grabar del tirón: se ha tenido que cortar la acción varias veces, e incluso, si me apuran, se ha llegado a ensayar por dónde entraban a la playa, dónde se paraban…y me escandalizo aún más. Isis ha dejado de grabar de forma chapucera sus ejecuciones, esos vídeos horribles que empezaron a llegarnos a las redacciones con la intervención de Iraq: hombres degollados grabados con una mini DV. Isis se ha profesionalizado en esto también.

La cámara en el suelo, en el que se ve los pies acompasados de 42 hombres, los verdugos y las víctimas, entrando en una playa idílica. Sin edificios. Los 21 hombres que están a punto de ser degollados van con un mono naranja. Los asesinos de negro, encapuchados. Y no dejo de pensar cuál es su gesto bajo esa capucha, si no estarán igual de horrorizados ante lo que están a punto de hacer. Si no creen que matar así, frente a un set de cámaras y realizador no es el absurdo de una guerra inútil. Llena de odio. Si no se sienten marionetas en manos de un tipo que estará gritando corten cuando tenga la escena perfecta. Los 21 hombres que están a punto de morir se arrodillan a la vez, de forma perfectamente coordinada, mirando todos al mismo sitio, sin forcejear, sin resistirse.

Isis lleva tiempo haciendo vídeos “profesionales” con sus ejecuciones pero éste se lleva la palma. Componen los planos como lo haría un cámara profesional, dejan “el aire” hace la izquierda para que veamos el mar, las olas rompiendo en la orilla y toda la secuencia termina un con plano ralentizado de las olas teñidas de rojo, se supone que de sangre.

Utilizan técnicas del siglo XXI para narrar acciones de la Edad Media. En el video no falta el tipo enajenado gritando soflamas y amenazas a Occidente y jurando venganza. Quien haya montado/editado/grabado ese vídeo debe de tener la misma sangre fría que quien ordena esas muertes. Y de verdad, que no lo puedo entender.


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Adiós 2014

Adiós y hasta siempre 2014. No me da ninguna pena despedirte. Es más: estoy deseando perderte de vista. Te recibí con muchísima ilusión, como siempre lo hago. Deseando que éste fuese un año de alegrías, de proyectos, de éxitos. Y lo hice siguiendo mis rituales. No suelo ser supersticiosa pero en Nochevieja repito siempre los mismos pasos a la hora de recibir el nuevo año. Pido trabajo y salud para los míos y para mi. Pero o no lo debí decir muy claro o no me entendiste, porque ha sido un año pésimo, especialmente en la segunda parte.

Has decidido que la última semana nos ibas a dar guerra y ahí hemos estado de nuevo: asustados y agobiados. Y mira que llevábamos el cupo de hospitales cubiertos. Pero no.

Y aunque te has molestado en ponérmelo complicado, muy complicado, he intentado no perder la sonrisa y sobre todo, llevar sonrisas y alegrías a quienes lo necesitaban. He intentado ser optimista, hasta en los momentos más difíciles, he intentado ver y sacar el lado positivo de cada uno de los baches y socavones que me has ido cavando estos meses. Reconozco que ha habido días en lo que solo quería gritar “Basta, me rindo”. Pero no. No me has vencido. Tengo el mejor compañero de viaje y él me ha levantado cada vez que caía.

Así que 2014 remata la faena, remata estos días y déjanos mirar con alegría lo que viene. De nuevo ilusionarnos con el futuro, no temerlo. Pensar que los proyectos que pongamos en marcha funcionarán, que estos 12 meses habrá más risas que lágrimas y que no viviré angustiada. Vete y llévate todo lo malo que trajiste y déjanos lo bueno. Y una cosa más: al que viene detràs deletréale por favor trabajo y salud. Despacio, para que lo entienda. Es fácil.


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El por qué de esta aventura

Todos los días me toca contar media docena de desgracias y cuarto y mitad de injusticias. Todos los días termino el informativo con un pellizco en el estómago, indignada, y preguntándome qué puedo hacer, además de contarlo.

Desde hace años colaboro con distintas ONGs: en casa intentábamos hacer una pequeña hucha y poner nuestro granito de arena en lo que podíamos. Los premios que he recibido que tenían dotación económica iban para ellos. Ser su cara para una campaña, ayudarles en un festival de Navidad. Pero sentía que podía hacer más.

Mi frustración y mis ganas se unieron y su fruto es este proyecto. El viaje de mi marido en marzo a Uganda fue el último empujón para sacarlo adelante.

Podíamos hacer algo, podíamos traernos una parte de allí y podíamos conseguir crear esperanzas aquí para poder llevar futuro a África: educación. Que dos, tres, 10, 20 niños, y espero que gracias a tí muchos más, tengan un pupitre. Tengan una escuela, tengan una oportunidad para elegir lo que quieran ser. O que las madres solteras de Kenia tengan una profesión, un sueldo con el que sacar adelante a sus hijos.

Pero ¿y aquí? Aquí hay muchas familias pasándolo realmente mal. Y en este proyecto no hemos querido olvidarnos de poner nuestro modesto granito de arena: que los bolsos se hagan en España, generen trabajo aquí. Fabricarlos en España con materiales y personal español que genere mercado y que genere riqueza. En definitiva recursos.

Me enseñaron que el deporte es algo que te enseña por poco que des: sacrificio,compañerismo, serenidad y alegría. Existen otros deportes además de los mediáticos.Existen otras ilusiones y otros retos por los que vestirse de corto. Tirar a canasta, por ejemplo, desde una silla de ruedas. Compartir con un compañero que es autista, sufrimientos y alegrías en un deporte de ladrones jugado por caballeros o personas discapacidas que con el drive consiguen enseñar la matricula a sus compañeros de partido. Existen otros deportes que necesitan ayuda de verdad y por ellos, también, merece la pena intentarlo.

Bienvenidos a este sueño por el que pensamos pelear cada día.

Bienvenidos a este sueño que es fruto de mil y una triste noticia.

Bienvenidos a este sueño porque, como en su día mis padres también lo hicieron, creo en un país mejor para mis hijos.

Bienvenido a soñar con nosotros.

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Nostalgia

Últimamente ando un tanto nostálgica. Septiembre, otoño, vuelta al cole, me dejan cierta sensación de tristeza. Nostalgia por lo que se fue, nostalgia por lo que viví, nostalgia porque los que tengo cerca se hacen mayores, algunos demasiado y sientes que su adiós está cerca. Nostalgia porque te gustaría estar en otro sitio, porque anhelas otras sensaciones, nostalgia porque tú también te haces mayor. Y la nostalgia trae tristeza. Y hay que meterle un buen empujón para echarla de tu lado, para que no te venza.

Mañana salgo para Londres. Para echar una mano a Amaya. Me lo pidió hace meses “¿te vendrías conmigo a esto?” y no lo dudé. “Por supuesto”. Amaya lleva más de 3 años luchando porque un diagnóstico, el autismo, no cambie la vida de Mario. Luchó porque su hijo hablara, luchó porque su hijo la mirara a los ojos, le dijera “Te quiero”. Horas y horas de paciencia, de volver a empezar. De no rendirse. De no permitirse tiempo ni para la nostalgia ni para la autocomapasión. Estos días hemos hablado mucho por teléfono, me ha enviado fotos para ir montando un vídeo. Y sin saberlo, Amaya me ha dado una lección. Siempre está sonriendo. Siempre.

Amaya ha escrito un libro “La alegría muda de Mario”. Os lo recomiendo. Es toda una lección de vida. También para los que andamos nostálgicos.

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Machismo

Superioridad intelectual.

Superioridad salarial.

Así estamos. Ésa es la realidad. Aunque finjamos vivir en un oasis de igualdad. No existe. Y lo peor es que ambas ideas, la de la superioridad intelectual y la de la superioridad salarial, son más frecuentes de lo que creemos. Algunos como Cañete lo dicen abiertamente. Pero muchos de los que se rasgaban las vestiduras por el desafortunado comentario del candidato popular también lo piensan. Y aunque lo disfracen con su discurso de falsos ofendidos, les delatan las formas.

Casi al mismo tiempo que Cañete desvelaba realmente cómo pensaba, en Cannes, Cate Blanchet hablaba del machismo en el negocio del cine. Se sigue sin pagar lo mismo a hombres y mujeres, se quejaba. Y se sumaba a las voces femeninas que estos días desde el festival están sacando los colores a la Meca de los sueños. Sólo una mujer ha ganado la palma como mejor directora en toda la historia del certamen. Una. Y luego los estereotipos. A Cate Blanchet en la rueda de prensa le preguntaron cómo llevan sus hijos que su mamá sea famosa, o haya ganado un Oscar. Cómo compagina rodajes y promociones con el papel de madre. Junto a ella el director y su compañero de reparto. Padres también. Pero la pregunta era sólo para ella. Ayyyy. No aprendemos. Siempre igual.

El viernes no era nuestro día, está claro. El New York Times despedía dos días antes a su editora jefe, Jill Abramson. Era la primera mujer que había llegado a ese puesto en el periódico. Tras dos días de rumores, se filtraba que los propietarios no habían encajado bien que Abramson se quejara de cobrar menos que su antecesor. Se sentía discriminada.

Mal ejemplo y malos tiempos. Hace unos días me llegaba por twitter una notificación: estaba en el puesto número 10 de presentadoras más atractivas. No daba crédito. No era un ranking de credibilidad o de profesionalidad. No. Se trataba de quién estaba más buena. Así. Busqué el mismo ranking de ellos. Pero no existía. Claro que no. Y tampoco cobramos lo mismo, se lo puedo asegurar. Eso sí, no nos quejaremos no vaya a ser que corramos la misma suerte que Abramson.

Si aceptamos que en una reunión ellos se jacten de llegar a las nueve de la noche para evitarse la tanda de baños y cenas, o si no rechistamos cuando un compañero se queja porque él no va a poder descansar cuatro meses cuando sea padre, mal vamos. Si aceptamos que un jefe nos discrimine porque como somos madres, “esto no te lo voy a pedir”, nos equivocamos de nuevo. Confundimos paternalismo con machismo. No necesitamos que nos cuiden. Sabemos cuidarnos y gestionar nuestras obligaciones, las laborales y las familiares. Así que señores, sean valientes y afronten de una vez por todas que podemos debatir y ganarles. Y podemos trabajar y ganar el mismo sueldo que ustedes. Ya está bien.


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Esperar

El fin de semana pasado estaba de “guardia”. Carlota, la persona que organiza los equipos en la redacción, me pidió que me quedara pendiente del teléfono. Suárez estaba agonizando. No me suelo separar del teléfono. Por mil motivos, uno de ellos, el trabajo.

El teléfono sonó, el sábado por la noche, pero no era del trabajo. Era mi hermana: mamá estaba en urgencias, llevaba todo el día mal. Las llamadas de casa dando malas noticias desgraciadamente son muy frecuentes y desde hace mucho tiempo. Mi padre lleva años dándonos sustos. Primero un infarto, luego otro, luego vino el ictus y a partir de ahí infinidad de complicaciones. Mi padre es el que siempre está delicado y ella era el motor: sus manos y sus pies. Tudelana, de mucho carácter, con mucha voluntad y con una salud de hierro, hasta el domingo. Otra vez tocó coger el coche y salir corriendo para Pamplona. Otra vez pidiendo por favor a tus hermanos que fuesen sinceros por teléfono y que te contasen la verdad. Otra vez ese nudo en el estómago cuando llegas y no sabes qué te vas a encontrar. Otra vez.

Verla así es lo que más impacta. La última vez que la viste era todo energía. Ahora está llena de tubos, vías, no te oye, respira gracias a una máquina y en su gesto queda poco de esa mujer con carácter.

Desde el domingo está sedada, recuperándose poco a poco, muy poco a poco. Y él, que tiene cogida su salud con pinzas, no sabe nada o sabe medias verdades. “Que se tiene que quedar unos días en el hospital, que necesita descansar”.

Y en medio de esta situación los kilómetros, los miedos, la distancia y el entender que ahora te toca a ti. Te toca hacerte la fuerte, te toca tirar de este carro, te toca animar, te toca ayudar. No siempre lo haces de la mejor forma, no siempre aciertas y seguramente todo el cansancio lo acabas canalizando de la peor forma posible. Las noches son largas y más cuando cuidas de un enfermo. Las noches son lo peor.

Pero en medio de todo esto redescubres lazos. Los que te unen con tu pareja, con tu compañero de viaje. Ese “somos un equipo” es el lema que se gesta en estas situaciones. No hace falta pedir. Con una mirada, con una caída de hombros él pone su mano o su conversación para ayudarte a retomar el aliento.

Se redescubren los lazos que te unen a tus hermanos. Somos adultos, padres de familia pero somos hijos y aquí estamos. Sonriendo y organizando turnos.

Ella va a salir de ésta. Ha sido un susto, un gran susto, pero va a salir. Estoy convencida. Sólo hay que esperar y eso es lo que más cuesta. Pero tenemos tiempo. No hay prisa.

Por cierto, otra gran lección de esta semana: tenemos una sanidad pública modelo. No la tiremos a la basura.
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